Claves
n° 191 - Julio 2010
En este
Bicentenario la cuestión indígena todavía no es abordada desde una perspectiva
integradora y en función del interés nacional. Quizás en los actores políticos
haya más improvisación que desmerecimiento del plexo de reclamos promovidos con
dinámica singular por los interesados, que pueden acarrear sacudones
institucionales inéditos. Discursos hechos, a menudo inflexibles, ideologizados,
cuando no de corrección política, condicionados por un anacrónico sentimiento
de culpa, apenas disimulan pereza intelectual o demagogia política. En
definitiva, se trata de la consecuencia de una suma de errores repetidos, desprecios
y desencuentros que costarán caro si no se proponen soluciones concretas para los
más postergados habitantes de la Argentina, con una visión para el corto,
mediano y largo plazos.
El
19 de mayo pasado culminó en la Plaza de Mayo la larga marcha de unos 8.000
integrantes de pueblos originarios,
quienes, recibidos en la Casa Rosada, proclamaron su cultura e identidad, la
restitución de tierras ancestrales y la conformación de un estado plurinacional;
el lema fue, precisamente, “Caminando por la verdad hacia un estado plurinacional”.
Como respuesta, la Sra. de Kirchner subrayó que sus interlocutores le habían reafirmado
su condición de argentinos y en seguida les creó por decreto una Comisión de
Análisis e Instrumentación de la Propiedad Comunitaria Indígena (integrada por representantes
del gobierno federal, gobiernos provinciales, pueblos indígenas y del Consejo
de Participación Indígena), presidida por el titular del Instituto Nacional de
Asuntos Indígenas -INAI-, la cual deberá elevar sus conclusiones al PEN en 180
días.
Un
mes después de ese acontecimiento, el vecino Evo no lograba desactivar la
marcha de campesinos del oriente boliviano en avance hacia La Paz con un pliego
de trece reclamaciones, con énfasis en el otorgamiento de más tierras y la
concesión de plena autonomía. Vaya como necesaria referencia la Nueva
Constitución Política del Estado Boliviano, que tanto jaleo insumió, cuyo art.
1° define: “Bolivia se constituye en un Estado Unitario Social de Derecho
Plurinacional Comunitario, libre, independiente, soberano democrático,
intercultural, descentralizado y con autonomías. Bolivia se funda en la
pluralidad y el pluralismo político, económico, jurídico, cultural,
lingüístico, dentro del proceso integrador del país”; a su vez el art. 2°
reconoce la existencia precolonial de las naciones, el dominio ancestral sobre
sus territorios, a la vez que “garantiza su libre determinación en el marco de
la unidad del Estado […]”. El arribo de Morales a la primera magistratura
necesariamente concretaría la obvia reivindicación, entendiendo, a lo mejor,
que esa redacción le representa al país una chance de preservación de su integridad
territorial e independencia política en este presente convulsionado. Nadie
puede garantizar cuanto tiempo tardará Bolivia en acomodar sus cargas internas
y si logrará la unidad en semejantes términos. Hoy, menguados los pujos
secesionistas de los sectores dominantes de Beni, Pando, Santa Cruz y Tarija
(casi el 70 % del territorio nacional), la frágil unidad pareciera más
amenazada por los propios destinatarios de aquellos desvelos presidenciales.
No
obstante, la situación en Argentina es diferente por tres datos insoslayables: 1-
la “mezcla” acá ha sido más intensa, 2- a causa de ella, la dificultad para determinar
cuáles son exactamente pueblos originarios y la significancia cuantitativa de
sus integrantes, 3- el componente humano “extracontinental”, en especial
europeo. El debate es interminable y profundo, por eso nos limitamos ahora solo
a anunciar estos aspectos[1].
Dejando
de lado pues, aunque de ningún modo desconociendo, las urgencias económico-sociales
de esas comunidades desprotegidas, las posibles soluciones no necesariamente
han de corresponderse con las soluciones pensadas para las realidades de Bolivia,
Ecuador, Guatemala, Méjico o Perú, donde la población de ascendencia indígena
es mucho mayor que en la Argentina.
Legislación aplicable
En
esta nota nos limitaremos a señalar aspectos jurídicos ineludibles de tener en
cuenta previo a concretar respuestas políticas específicas por parte de los
gobiernos nacional y provinciales, con facultades concurrentes en la materia.
Antes
de la reforma de 1994, la ley nº 23.302/85 ya había creado el INAI (ente al que
le corresponde el reconocimiento y registro de pueblos originarios) y en
adelante otros órganos ad hoc. Las
provincias hicieron lo propio; en la nuestra se sancionó la ley nº 6.373 de
junio de 1986 -llamada de “Promoción y Desarrollo del Aborigen- creando el
Instituto Provincial del Aborigen -IPA-; en diciembre de 2000 es reemplazada
por la ley nº 7.121 de “Desarrollo de los Pueblos Indígenas de Salta”, que a su
vez crea el Instituto Provincial de Pueblos Indígenas de Salta -IPPIS- con sede
legal en Tartagal, ente autárquico y descentralizado. Recientemente, la sanción
de la ley nº 7483 se habilitó una Subsecretaría de Pueblos Originarios que
depende del Ministerio de Desarrollo Humano, la cual -según parece- llevará la iniciativa
en materia de propuestas políticas salteñas.
La
Constitución Nacional reformada terminó de instalar la problemática en toda su intensidad
en el art. 75 -atribuciones del Congreso- inciso 17: “Reconocer la
preexistencia étnica y cultural de los pueblos indígenas argentinos. Garantizar
el respeto a su identidad y el derecho a una educación bilingüe e intercultural;
reconocer la personería jurídica de sus comunidades y la posesión y propiedad
comunitarias de las tierras que tradicionalmente ocupan, y regular la entrega
de otras aptas y suficientes para el desarrollo humano; ninguna de ellas será
enajenable, transmisible ni susceptible de gravámenes o embargos. Asegurar su
participación en la gestión referida a sus recursos naturales y a los demás
intereses que los afecten. Las provincias pueden ejercer concurrentemente estas
atribuciones”[2]. La
Provincia de Salta introdujo una norma parecida -con algunos matices- en la
reforma constitucional de 1998 (art. 15). A partir de esos momentos se
sancionaron leyes, decretos y resoluciones para poner en práctica las disposiciones
constitucionales y, casi a la par, empezaron las controversias judiciales
planteadas por varias comunidades indígenas para determinar, esclarecer o
interpretar el alcance de los derechos incluidos en aquel inciso.
Entre
otras leyes aplicables se destaca sobre todo la nº 24.071/92 de aprobación del Convenio nº 169 sobre Pueblos Indígenas y Tribales en Países
Independientes, adoptado por la Organización Internacional del Trabajo[3];
las referidas a “Política indígena y de apoyo a las comunidades indígenas” (n°
23.302/85), del “Censo aborigen” (n° 24.956/98), “Difusión de derechos
indígenas” (n° 25.607/02), la de “Emergencia en materia de posesión y propiedad
de las tierras” (n° 26.160/06).
Particular
atención hay que prestar a los tratados internacionales aprobados y ratificados
por nuestro país, los cuales a partir de 1994 poseen una jerarquía superior a
las leyes internas[4]; de
tal modo, la única posibilidad de no cumplir las disposiciones de un tratado es
proceder a su denuncia[5].
A su vez, la reforma concedió jerarquía constitucional a una serie de tratados
sobre derechos humanos, enumerados en el art. 75 inc. 22, e introdujo la
posibilidad de hacerlo con los posteriores de la misma materia mediante mayoría
agravada de dos tercios de la totalidad de los miembros de ambas cámaras del
Congreso de la Nación.
El Convenio
169 adquirió significancia de carta magna para los pueblos indígenas “cuyas
condiciones sociales, culturales y económicas les distingan de otros sectores
de la colectividad nacional, y que estén regidos total o parcialmente por sus propias
costumbres o tradiciones o por una legislación especial” (art. 1.1.a); también
se aplica a pueblos considerados indígenas por el hecho de descender de
poblaciones que habitaban en un determinado país o región geográfica en la
época de la conquista o de la colonización y “conservan todas sus propias
instituciones sociales, económicas, culturales, políticas, o parte de ellas”
(art. 1.1.b), supuesto que encuadraría a las comunidades autóctonas que en
nuestro país reclaman su condición “originaria”.
Similar
trascendencia que el Convenio de la OIT adquiere la “Declaración de las Naciones
Unidas sobre los derechos de los pueblos
indígenas”, aprobada por Resolución 61/295 de la Asamblea General en septiembre
de 2007, la cual -pese a carecer de la fuerza obligatoria de un tratado- una
vez aprobada por el Congreso compromete el acompañamiento del gobierno nacional
en todo lo que haga a la protección de poblaciones indígenas[6].
Al quedar condicionados por estos compromisos internacionales, los estados
incumplidores a más de incurrir en responsabilidad internacional pueden incluso
ser sometidos a un tribunal internacional como la Corte Interamericana de
Derechos Humanos, la cual ya ha decidido que los pactos de derechos humanos constituyen
un corpus del que los Estados partes
no pueden sustraerse sin justificación, sirviendo las Declaraciones como reglas
de interpretación de todos los derechos humanos consagrados por los tratados
internacionales de los que Argentina sea parte[7].
Los grupos indigenistas
más organizados presionan por la jerarquización constitucional del Convenio 169
y la Declaración sobre los derechos de
los pueblos indígenas, que se obtiene con la mencionada mayoría agravada. Algunos
proyectos en tal sentido están dando vuelta en el Senado Nacional[8].
Antes de que eso ocurra, los legisladores deberían analizar a fondo las
consecuencias, ya que los tratados promueven, acomodan pero también condicionan
las políticas internas.
Población - pueblo, tierras -
territorio
Hasta que sociólogos
y antropólogos fueron armando los sustentos teóricos del indigenismo, los
pueblos indígenas estaban considerados un tipo de minoría étnica y esa
condición los hacía titulares de una protección jurídica basada en la no
discriminación racial por un lado, y por otro en el reconocimiento de derechos singulares
pero ejercidos de manera colectiva o grupal. (Cualquier habitante que no pertenezca
a una minoría étnica está protegido por los derechos y garantías que toda
constitución nacional mínimamente reconoce). Pero en cierto momento las poblaciones
indígenas empezaron a plantear reclamos que excedían el marco de minoría étnica
dentro de un país, reivindicando el carácter de grupos diferenciados de la gran
mayoría de componentes dominantes de la sociedad nacional de que se trate,
criolla o mestiza. Entonces la exigencia fue la de ser considerados “pueblos”
con historia, instituciones y cultura propias y, en consecuencia, aptos para administrarse
conforme a sus tradiciones, usos y costumbres. José Bengoa[9],
autor de La Emergencia Indígena en América
Latina, ha sostenido que en la cuestión nacional -surgida durante los
procesos de independencia o descolonización, distinta de la cuestión étnica- el problema central era
la independencia territorial. La distinción entre etnia y nación importa en
tanto la cuestión étnica apunta a la autonomía, la cual se viabiliza en los
estados pluriétnicos o plurinacionales.
El art. 1.3
del Convenio 169 determina expresamente que el uso del término “pueblo” no debe
interpretarse en el sentido que el derecho internacional confiere a esa palabra.
Para el derecho internacional pueblo
tiene una connotación específica: grupo humano
con un origen común étnico, cultural, lingüístico, religioso, asentado
en un territorio específico; de allí la prevención de muchos estados para
incorporarse al convenio. Esa reserva terminológica es una mínima garantía
para que los estados con poblaciones indígenas movilizadas no arriesguen su gobernabilidad.
El
mismo recelo apareja la distinción entre tierra y territorio. La Constitución Nacional
-como se ha visto- hace referencia a la
posesión y propiedad comunitarias de las tierras que tradicionalmente ocupan.
Los pueblos originarios tienden a fundar sus derechos en un ideario mítico reconstruido
con perseverancia en el último medio siglo y rechazan el concepto de propiedad
privada expresado en el Código Civil, pues las tierras no son para apropiación
individual sino para el destino comunitario. En esa línea de razonamiento, resulta
impropio hablar de tierra sino que correspondería referir a territorio. Hay promovidas numerosas acciones
judiciales en varias provincias que apuntan a la propiedad comunitaria, basadas
en la cosmovisión de que “el hombre es para la tierra”[10].
Para obviar este inconveniente, algunos juristas están considerando su abordaje
desde el pluralismo jurídico, a fin
de habilitar una reforma al Código Civil que dé tratamiento distinto a la
posesión, trasmisión y prueba del dominio en el caso de tierras ocupadas por
comunidades indígenas. Ese pluralismo habilitaría también a revalorar la
costumbre como fuente de derecho, sacándola de su posición secundaria frente a
la ley positiva. Así, existen propuestas para introducir el “dominio
comunitario” en la lista taxativa de derechos reales contenida en el art. 2503 CC[11],
a definirse como “derecho real de propiedad que corresponde colectivamente en
forma indivisible a una comunidad indígena o a un colectivo de trabajadores”[12].
La
Parte II del Convenio 169 está dedicada a la cuestión territorial; el art.
17.1, por caso, dispone que los gobiernos deben respetar “las modalidades de
transmisión de los derechos sobre la tierra entre los miembros de los pueblos
interesados, establecidas por dichos pueblos”, lo cual implica la obviedad de tener
decididamente claro cuáles son las tierras que ancestral y tradicionalmente han
ocupado. Si el Convenio 169 alcanza la jerarquía constitucional la operatividad
de sus disposiciones hará más complicado imaginar opciones distintas al marco
por él impuesto.
Autonomía -
libre determinación
En
su comprensible lucha, ciertos grupos indigenistas han aumentando su apuesta
reclamando el reconocimiento de su autonomía, esto es la posibilidad de manejar
ciertas situaciones con reglas propias basadas en usos, costumbre y tradiciones.
Esas situaciones refieren a un elemental acuerdo de gobierno tribal o
comunitario para dirimir jefaturas y representaciones, e incluso para juzgar a
los componentes del grupo que hayan cometido faltas si no delitos. El conocido caso
“José Fabián Ruiz”, cacique wichí salteño acusado de violación de su hijastra,
tratado ya en esta columna[13],
indica las complicadas aristas, señaladas sobre todo por el voto minoritario de
la Dra. C. Garros Martínez que patentiza el choque cultural entre la
universalidad de los derechos del niño protegidos por acuerdos internacionales
con jerarquía constitucional y el uso o costumbre particular de los
wichís.
En
suma si no son población sino pueblos, no ocupan tierras sino territorios y
además se les reconoce su derecho a regirse con normas propias, están presentados
los elementos constitutivos de un estado. A los “pueblos” les asiste el derecho
de libre determinación, principio de derecho internacional general reconocido
por la comunidad internacional de estados que no admite disposición en
contrario. Tal vez parezca una exageración, pero la dinámica de los
acontecimientos puede concluir en el reclamo de su aplicación y hay sectores irreductibles
que lo están pidiendo. A nivel
internacional adquiere relevancia al respecto la Resolución nº 1514 (AG ONU XV)
“Declaración sobre la concesión de la independencia a los países y pueblos
coloniales”, cuyo nº 2 propone: “Todos los pueblos tienen el derecho de libre
determinación; en virtud de este derecho, determinan libremente su condición
política y persiguen libremente su desarrollo económico, social y cultural”. Si algún desprevenido
se le ocurriera, a nuestro criterio, siquiera el reconocimiento de la autonomía,
tendrá que explicar algo cuando los isleños radicados hoy en las Malvinas
planteen el antecedente. A su vez, el principio de libre determinación ha sido
definido con amplitud en la Resolución nº 2625 (AG ONU XXV), uno de cuyo
párrafos propone “El establecimiento de un Estado soberano e independiente, la
libre asociación o integración con un Estado independiente o la adquisición de
cualquier otra condición política libremente decidida por un pueblo,
constituyen formas del ejercicio del derecho de libre determinación de ese
pueblo”.
La
Sra. Presidente comentó que sus visitantes le habían reafirmado su condición de
pueblos indígenas argentinos (por lo demás, es la calificación del texto
constitucional). Probablemente sea así, que la mayoría de las familias de
ascendencia indígena quiere seguir siéndolo. Sin embargo, ¿por qué había que
resaltarlo?: por que hay en nuestro país grupos que propugnan la libre
determinación sin ambages. ¿Qué se hizo tan mal en 200 años para que familias
argentinas se sientan más identificadas con la whipala? ¿Así fue siempre? Es
tiempo de encarar una solución práctica a partir del reconocimiento de los
vastos aportes de las comunidades indígenas a nuestra identidad nacional. Hay
un hilo conductor en las posiciones más duras que conduce a la secesión, a la
disgregación de esta Nación que -pese a todo- hemos sabido construir en dos
siglos, y cuya integridad territorial e independencia política ahora se
arriesga. Duro decirlo en estos términos pero es preferible a ignorar el
problema y darle una salida facilista, abstrusa o, peor, demagógica. Nunca es tarde
para una integración real, plena y eficaz dentro de un proyecto nacional
inclusivo, solidario y perdurable, que es siempre una monumental tarea cotidiana.
[1] En Bolivia, el 62 % de la
población -algo más de 6 millones de personas- se identifica con algunos de los
40 pueblos originarios; en Argentina, según datos de la Encuesta Complementaria de Pueblos Indígenas 2004-2005 del INAI
(disponible en www.desarrollosocial.gov.ar/INAI/site/
pueblos/ pueblos.asp), están registrados 28 pueblos originarios, 13
concentrados en el NOA, y de ellos 7 al menos en Salta: chané, chorote,
diaguita-calchaquí, guaraní, kolla, tapieté, wichí; la lista no es definitiva.
600.329 personas (alrededor del 1,5 % nacional) se reconocen pertenecientes o
descendientes en primera generación de poblaciones indígenas, aunque el número
aumenta a medida en que se asume tal condición.
[2] Remplazó al etnocéntrico art. 64 inc. 15, que proponía “Proveer a la seguridad
de las fronteras; conservar el trato pacífico con los indios y promover la
conversión de ellos al catolicismo”; el texto de 1853 no se puede juzgar con
parámetros actuales.
[3] 70ª Conferencia General,
Ginebra, 7 de junio de 1989. Después de algunas vueltas, el gobierno nacional
recién depositó el instrumento de ratificación en la sede de la OIT el 3 de
julio de 2000.
[4] La
incorporación de un tratado implica un “acto federal complejo”: el Poder
Ejecutivo (encargado de las relaciones externas) negocia y firma tratados y
concordatos, los aprueba el Legislativo y luego el PEN los ratifica. La
ratificación es un acto solemne, mediante el cual un Estado manifiesta la
voluntad de obligarse internacionalmente; el incumplimiento genera su
responsabilidad internacional. Tampoco se puede invocar normas de derecho
interno para no cumplirlos; lo prohíbe el art. 27 Convención de Viena sobre
Derecho de los Tratados de 1969, de la que Argentina es parte.
[5] La
“denuncia” de un tratado es una manifestación unilateral y voluntaria del
Estado, mediante la cual éste decide retirar su consentimiento en obligarse por
el tratado de que se trate. Tanto la ratificación como la denuncia deben responder
a razones plenamente justificadas, consecuencia de una meditada valoración de
la situación atendiendo a los intereses nacionales permanentes.
[6] A pesar de no ser técnicamente
“tratados”, el inc. 22 del art. 75 CN otorgó rango constitucional a la Declaración Universal de Derechos Humanos
(Resolución AG ONU nº 277 del 10 de diciembre de 1948), y la Declaración Americana de los Deberes y
Derechos del Hombre, aprobada en la IXª Conferencia Panamericana, Bogotá,
abril de 1948.
[7] El sistema protectivo americano
prevé, aparte de la Corte Interamericana, el acceso a la Comisión
Interamericana de Derechos Humanos, órgano de la OEA. En estos momentos se
halla radicada en ella, patrocinada por el CELyS, la causa “Asociación de Comunidades
Aborígenes Lhaka Honhat c/ Prov. de Salta s/ acción declarativa”.
[8] El de
los senadores A. Rodríguez Saa y L. Negre de Alonso (San Luis) y R.
Basualdo (San Juan), en la Comisión de Asuntos Constitucionales; otro de la
senadora S. Escudero (Salta), en la misma Comisión. Fueron archivados el de la
senadora A. Bortolozzi (Formosa) y uno anterior del senador jujeño H. Salum.
[9] En “Los derechos de las minorías
y los pueblos indígenas: debate internacional”, revista Diplomacia, Santiago de Chile, enero-marzo 1999.
[10] Aparte del caso salteño referido
en la nota 7, con resolución de la CSJN de septiembre de 2005, citamos
“Comunidad Mapuche Huayquilán c/ Celos Brescia s/ prescripción adquisitiva” en
Neuquén, o “Comunidad Aborigen de Quera
y Aguas Calientes c/ Prov. de Jujuy”.
[11] Son derechos reales el dominio y el
condominio, usufructo, uso y habitación, servidumbres activas, hipoteca,
prenda, anticresis y superficie forestal.
[12] Laura S. Guindin, “Propiedad
comunitaria indígena: hacia su contenido… apropiado”, el ElDial.com, Suplemento
de Derecho Ambiental, 22/09/2009; allí cita el Proyecto n° 170 (09/11/2006) en
la Cámara de Diputados de la Nación.
[13] “Aporte para la problemática
indígena”, Claves n° 155 – diciembre
2006.
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